Feeling Beyond
La bitácora de Nicolás F.A. Burón/ Nicolas F.A. Buron's journal
domingo 15 de enero de 2012
BOMBAL: MÁS ALLÁ DE LA PELÍCULA
A raíz de la película chilena Bombal, protagonizada por Blanca Lewin y estrenada hace algún tiempo, ha habido una creciente discusión y controversia y al mismo tiempo un redescubrimiento respecto de la vida y obra de la escritora María Luisa Bombal (1910-1980). No resulta fácil a la vista de los hitos de su obra y su vida resumir su legado y destacar sus méritos como escritora en términos estilísticos y temáticos. Para entender a Bombal partamos por comprender qué pasaba en Chile en la década de 1930. En la década de 1930, Chile vivía un escenario difícil en términos políticos y sociales dados los costos de la gran depresión de 1929, la invención del salitre sintético y las tensiones políticas y caudillismos que hicieron de esa década una época convulsionada. Al mismo tiempo ser mujer no era fácil por los prejuicios existentes y el machismo imperante. Eran los inicios del movimiento sufragista que en la década de 1940 con Elena Caffarena y Amanda Labarca lograron su objetivo al hacer posible que miles de mujeres tuvieran la posibilidad de decidir y votar en unas elecciones libres y de participar en las decisiones importantes del país. Chile no estaba ajeno a la coyuntura internacional. Bombal vive y crece durante toda su infancia y adolescencia en Paris, ciudad donde reside entre 1918 y 1931, y donde es testigo y parte de lo que fue la primera parte del periodo entre las dos guerras mundiales y de una serie de movimientos culturales que revolucionan las artes y letras. Bombal llega a Chile con otras ideas, con una formación muy distinta. Viene con los vientos del modernismo, del surrealismo, del cubismo y de todas aquellas innovaciones que se venían dando en el París de ese entonces. Conoce en su regreso a Eulogio Sánchez Errázuriz, una figura muy contradictoria y muy difícil de entender, un amor fulminante del cual se transformaría en una obsesión para María Luisa Bombal. Bombal en Chile nunca se sintió muy cómoda con el ambiente que había en el Chile de ese entonces. Su literatura no fue muy comprendida en su momento: es rupturista, es atemporal, tiene un lenguaje simple y gráfico, es modernista, la estructura de sus historias nos embruja, nos lleva a lo más profundo de nosotros mismos, hay fragilidad, hay una violencia difícil de describir en palabras, sus personajes tienen evidentes clarooscuros. Bombal es capaz de romper con el formalismo. Bombal nos da las claves de una vida cargada de pasión. Es el profundo erotismo y sensualidad de La Última Niebla. Es el mensaje subliminal de El Árbol. Es la fe y la fragilidad en La Amortajada.
Cada paso, cada evento en la vida de Bombal marca un giro en su carrera. Luego de una separación dolorosa como consecuencia de un intento de suicidio, Pablo Neruda la lleva a Buenos Aires donde empieza a dar sus primeros pasos en grande. Logra publicar sus primeros libros (La Última Niebla y La Amortajada), escribe junto con Carlos Aden el guión de la película La Casa del Recuerdo (1940), película protagonizada por la icónica Libertad Lamarque; conoce la movida intelectual de Buenos Aires donde se relaciona con personajes clave de la literatura latinoamericana como Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges. Pese a eso, pese al éxito en la capital federal, regresa a Chile, un regreso que terminaría abruptamente a consecuencia de su obsesión con Eulogio Sánchez. Es 1941 y Bombal es protagonista de su propia historia. Intenta vengarse a la salida del Hotel Crillón, dispara tres veces. Eulogio se salva. Horas después es imputada y encarcelada, pero meses después, Eulogio Sánchez Errázuriz la exculpó. Bombal es absuelta por la justicia. El episodio marca un antes y un después para Bombal. Es el inicio de un largo autoexilio.
Este largo autoexilio comienza poco después de su absolución. Bombal se va a Estados Unidos. La segunda guerra mundial había comenzado hace rato. Estados Unidos se constituye entonces en un polo de atracción para cientos de intelectuales que huían de los horrores de la guerra. Era el faro en medio de la oscuridad. Los primeros años de Bombal no fueron fáciles a consecuencia de lo traumático que fue vivir en Chile una obsesión fatal y pagar un precio caro por ella. Conoce a Raphael de Saint Phalle, se casan dos años después, tienen una hija, Brigitte. Su producción literaria en esos años no deja de ser llamativa. Bombal trata de revindicarse. De esos años datan obras como The House of Mist o La Historia de María Griselda. Paralelo a ello trabaja para la UNESCO, escribe guiones para el cine de Hollywood, proyectos que quedaron en nada producto del azar y del contexto de ese entonces (era también el fin de la segunda guerra mundial y los inicios de la guerra fría). Algunos dicen que Bombal dobló a Judy Garland en The Clock (1945) de Vincente Minelli, pero no hay evidencias de ello como revela IMDB. Es la década de 1940 y ser latina en Estados Unidos y en Hollywood era sinónimo de Carmen Miranda y Frida Kahlo. No era fácil tampoco ser latina y escritora en aquellos años. Bombal otra vez era un pez fuera del agua.
Sus últimos treinta años son de clarooscuros. Bombal sigue escribiendo pero ya no con la misma intensidad de antaño. Poco después de la muerte de su marido, Bombal vuelve a Buenos Aires. Las cosas habían cambiado. Era 1969, año en que el Apolo 11 pisa la luna, época de revoluciones y de cambios sociales, de Vietnam, de la primavera de praga y de una guerra fría en su punto más álgido. Su relación con Chile no deja de ser compleja, a ratos marcada por la nostalgia, a ratos estigmatizada por el impacto de aquel incidente en el Hotel Crillón en 1941, a ratos con una preocupación profunda con los hechos que ocurrían en el Chile de ese entonces. En 1972, Bombal concede una entrevista que podría considerarse como un testimonio vivo de lo que representa como escritora.
Sus días finales podrían considerarse como contradictorios y extraños, marcados además –según sus biógrafos- por la depresión y el alcoholismo. Regresa definitivamente a Chile en 1973 en medio de la convulsión política que se vivía y del dramático y crudo golpe de estado acontecido en septiembre de ese año. No era primera vez que pisaba tierra en circunstancias complejas. Bombal siente una profunda necesidad creativa a pesar de todo. Escribe varios cuentos e historias, muchas de ellas aún inéditas, algunas incompletas tras su fallecimiento, y no descubiertas hasta el día de hoy. Confiesa sentirse aún activa y vigente. Se desenvuelve en un ambiente cultural que se tornaba frío, solitario y extraño a raíz del exilio o desaparición de muchos artistas e intelectuales. Paradójicamente logra cierto reconocimiento. Es premiada en 1978 con el Premio Regional de Literatura Joaquín Edwards Bello, es un nombre fijo para ganar el Premio Nacional de Literatura, pero no gana. En 1980 deja este mundo tras una vida tan intensa, tan frágil y tan intrigante como la de sus historias.
REFERENCIAS
Guerra-Cunningham, Lucía. (1996). María Luisa Bombal: Obras Completas. Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello.
Memoria Chilena. María Luisa Bombal (1910-1980). Web. n.p. http://www.memoriachilena.cl/temas/index.asp?id_ut=marialuisabombal(1910-1980)
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María Luisa Bombal
jueves 22 de septiembre de 2011
ENTRE LA SOLEDAD, LA BIPOLARIDAD Y LA ESPERANZA
Lo que ha ocurrido en estos días ha sido una vez más la demostración más pura, más cruel, más transparente y más realista de lo mejor y de lo peor de nosotros mismos. Es difícil asimilar, digerir, analizar y reflexionar sobre hechos y eventos que son complejos. Lo instantáneo y espontáneo de las redes sociales nos ha obligado a quienes somos escritores y ratones de biblioteca de cuerpo y alma a cuestionar y pensar qué sentido tiene ser escritores, qué sentido tiene hoy la memoria cuando nos exponemos a cientos y cientos de textos, imágenes, sonidos y videos. También a pensar en cómo presentar los hechos de hoy no sólo a quienes leen hoy sino que también a quienes nos van a leer en diez, veinte o cincuenta años. Hay algunas claves para pensar cómo será esto. Biophilia de Björk es un buen ejemplo: Ya no es simplemente un archivo de sonido, es algo más, es un objeto, un juego, algo que ya no sirve simplemente para entretener a las masas sino que también para crear, para interpretar. El ejemplo de Björk podría constituírse en un gran precedente de cómo serán los libros del mañana.
Otros avances también se hacen notar: Islandia ya va a promulgar su nueva constitución, la que fue redactada en buena parte por los aportes de los ciudadanos a través de las redes sociales. El uso de videojuegos ha permitido descubrir importantes avances y contribuciones para el desarrollo de nuevos tratamientos contra el HIV/SIDA. Las potencialidades de aparatos como las tablets van a determinar no sólo la cultura y la civilización del mañana sino que también nuestra memoria colectiva, nuestro modo de educar (hoy ya podemos ir a clases desde el living de la casa en lugar de ir físicamente a una escuela, tendencia que probablemente será muy fuerte en los próximos cinco años dadas las consecuencias de los acontecimientos de hoy), nuestra forma en cómo se evoluciona y se conserva nuestro patrimonio y también nuestro lenguaje. Otra consecuencia ya la vemos en la forma en cómo relacionamos y somos parte en los eventos y acontecimientos importantes. Ya no somos simplemente espectadores, somos también parte de las jugadas y decisiones importantes. Es este empoderamiento, los mayores avances en educación y la falta de innovación de las instituciones en cuanto al feedback con sus ciudadanos la principal razón de la crisis en Chile ( que lo advirtió Jorge Ramos en su columna Dos Chiles tras el Sismo en el año 2010) y posiblemente también en muchos países de occidente. Gobernar ya no es simplemente administrar. Gobernar es innovar.
Pero también hemos sido también testigos de lo que significó el horroroso accidente aéreo en la isla de Juan Fernández. Los trágicos hechos no sólo significaron la valoración del legado de cada uno de los fallecidos (entre ellos el popular presentador Felipe Camiroaga y el lider de la ONG Desafío Levantemos Chile Felipe Cubillos) , sino que también desnudó varias cosas que muy pocas veces se ha meditado en profundidad respecto de lo que somos como país.
En primer lugar, la realidad de Juan Fernández es mucho más común de lo que se cree. Islas, localidades pequeñas, algunos pueblos y ciudades de Chile especialmente en la zona sur, el extremo norte y en la patagonia dependen su existencia de una accesibilidad que muchas veces es limitada y que se ven en problemas ante cualquier eventualidad climática, sísmica o simplemente burocrática y financiera. Algunas obras como la construcción de aeródromos, la ampliación de la cobertura de la telefonía móvil e internet o la ampliación de la carretera austral han sido un alivio para muchos pero no una garantía de desarrollo. Quienes hoy estudian en la isla y muchos quienes han vivido el dolor de la tragedia aérea en la distancia -a través de la televisión e internet- saben que su vida no ha sido fácil. No todos llegan a la universidad o a un instituto técnico al contrario de los muchos que vivimos en zonas urbanas. Para ellos llegar a la universidad o a un instituto es un triunfo y un honor. En tiempos en que la mayor controversia en la tribuna pública es precisamente cómo dar mejores oportunidades, ellos probablemente deben pensar que el mejor homenaje que se le puede hacer a los dos Felipes es tener esas oportunidades, esa alegría que ellos -aún cuando tenían orígenes y creencias distintas- brindaron juntos en minutos difíciles.
En segundo lugar, la tragedia también desnudó la soledad, algo que quisiéramos que no se hablara pero que resulta un hecho común. No sabemos con certeza cuántas chilenas y chilenos viven solos, sí sabemos que para ellos la radio y la televisión son una compañía fundamental. No sabemos sus historias, no sabemos porqué están solos y qué circunstancias los llevaron a tener esa vida pero para muchos la muerte de aquellos personajes que hacían más liviana sus duras vidas fué un golpe duro. “Para mí era como un hermano” declaraba alguien que viajó diez y seis horas hasta los estudios de TVN para dejar una flor en sus rejas, hoy convertidas en un animita espontáneo, un memorial en el que la gente rendía tributo a los caídos. La tragedia probablemente marque en muchos un giro en sus vidas, quizás más de un reencuentro, un reencuentro con la vida real. Después de ver Sonata de Otoño de Ingmar Bergman pienso en esos seres humanos para quienes la televisión era un escape y una salida a una violencia que ya resultaba insoportable. Pienso en la madre, interpretada por Ingrid Bergman y en el personaje de Liv Ullmann. Pienso en las escenas finales de El Show de Truman y pienso también en la hipocresía del mundo de la televisión, bien representado por aquellos personajes que rodeaban el mundo de Truman.
Resulta extraño este ambiente -a ratos orwelliano- al cual se le añade las insistentes demandas, rumores y chismes varios sobre el 2012, videos en youtube qua hablan de supuestos ruidos extraños que predecerían a un supuesto apocalípsis (que no son más que la contaminación acústica de un país que ha crecido bastante) y otras noticias que han pasado desapercibidas o muy mal analizadas dado el fanatismo que a ratos se apodera en la tribuna pública como el informe de avance de la reconstrucción, el informe de la OCDE sobre la educación en el mundo y más notable aún, el descubrimiento de varios exoplantetas gracias a los telescopios en el norte chileno. Es difícil resumir en cortas palabras una serie larga de hitos que constituyen quizás el periodo más intenso que haya vivido el país en su historia (algo que merece describirlo en una novela), pero si se puede resumir en ocho palabras y una coma qué queremos decir: entre la soledad, la bipolaridad y la esperanza. Entre esas tres cosas navegamos hacia adelante buscando respuestas, pensando qué hacer y cómo hacer para que un país llegue hacia adelante no sólo con acuerdos sino que también con una nueva generación de políticas, con una gobernanza más innovadora y realista y menos cortoplacista, con una sociedad menos hipócrita, menos odiosa, con menos personas solas, con menos personas con miedo, con jóvenes y adultos felices. Todos buscando -sin imaginarlo- su propio cabo de hornos.
Otros avances también se hacen notar: Islandia ya va a promulgar su nueva constitución, la que fue redactada en buena parte por los aportes de los ciudadanos a través de las redes sociales. El uso de videojuegos ha permitido descubrir importantes avances y contribuciones para el desarrollo de nuevos tratamientos contra el HIV/SIDA. Las potencialidades de aparatos como las tablets van a determinar no sólo la cultura y la civilización del mañana sino que también nuestra memoria colectiva, nuestro modo de educar (hoy ya podemos ir a clases desde el living de la casa en lugar de ir físicamente a una escuela, tendencia que probablemente será muy fuerte en los próximos cinco años dadas las consecuencias de los acontecimientos de hoy), nuestra forma en cómo se evoluciona y se conserva nuestro patrimonio y también nuestro lenguaje. Otra consecuencia ya la vemos en la forma en cómo relacionamos y somos parte en los eventos y acontecimientos importantes. Ya no somos simplemente espectadores, somos también parte de las jugadas y decisiones importantes. Es este empoderamiento, los mayores avances en educación y la falta de innovación de las instituciones en cuanto al feedback con sus ciudadanos la principal razón de la crisis en Chile ( que lo advirtió Jorge Ramos en su columna Dos Chiles tras el Sismo en el año 2010) y posiblemente también en muchos países de occidente. Gobernar ya no es simplemente administrar. Gobernar es innovar.
Pero también hemos sido también testigos de lo que significó el horroroso accidente aéreo en la isla de Juan Fernández. Los trágicos hechos no sólo significaron la valoración del legado de cada uno de los fallecidos (entre ellos el popular presentador Felipe Camiroaga y el lider de la ONG Desafío Levantemos Chile Felipe Cubillos) , sino que también desnudó varias cosas que muy pocas veces se ha meditado en profundidad respecto de lo que somos como país.
En primer lugar, la realidad de Juan Fernández es mucho más común de lo que se cree. Islas, localidades pequeñas, algunos pueblos y ciudades de Chile especialmente en la zona sur, el extremo norte y en la patagonia dependen su existencia de una accesibilidad que muchas veces es limitada y que se ven en problemas ante cualquier eventualidad climática, sísmica o simplemente burocrática y financiera. Algunas obras como la construcción de aeródromos, la ampliación de la cobertura de la telefonía móvil e internet o la ampliación de la carretera austral han sido un alivio para muchos pero no una garantía de desarrollo. Quienes hoy estudian en la isla y muchos quienes han vivido el dolor de la tragedia aérea en la distancia -a través de la televisión e internet- saben que su vida no ha sido fácil. No todos llegan a la universidad o a un instituto técnico al contrario de los muchos que vivimos en zonas urbanas. Para ellos llegar a la universidad o a un instituto es un triunfo y un honor. En tiempos en que la mayor controversia en la tribuna pública es precisamente cómo dar mejores oportunidades, ellos probablemente deben pensar que el mejor homenaje que se le puede hacer a los dos Felipes es tener esas oportunidades, esa alegría que ellos -aún cuando tenían orígenes y creencias distintas- brindaron juntos en minutos difíciles.
En segundo lugar, la tragedia también desnudó la soledad, algo que quisiéramos que no se hablara pero que resulta un hecho común. No sabemos con certeza cuántas chilenas y chilenos viven solos, sí sabemos que para ellos la radio y la televisión son una compañía fundamental. No sabemos sus historias, no sabemos porqué están solos y qué circunstancias los llevaron a tener esa vida pero para muchos la muerte de aquellos personajes que hacían más liviana sus duras vidas fué un golpe duro. “Para mí era como un hermano” declaraba alguien que viajó diez y seis horas hasta los estudios de TVN para dejar una flor en sus rejas, hoy convertidas en un animita espontáneo, un memorial en el que la gente rendía tributo a los caídos. La tragedia probablemente marque en muchos un giro en sus vidas, quizás más de un reencuentro, un reencuentro con la vida real. Después de ver Sonata de Otoño de Ingmar Bergman pienso en esos seres humanos para quienes la televisión era un escape y una salida a una violencia que ya resultaba insoportable. Pienso en la madre, interpretada por Ingrid Bergman y en el personaje de Liv Ullmann. Pienso en las escenas finales de El Show de Truman y pienso también en la hipocresía del mundo de la televisión, bien representado por aquellos personajes que rodeaban el mundo de Truman.
Resulta extraño este ambiente -a ratos orwelliano- al cual se le añade las insistentes demandas, rumores y chismes varios sobre el 2012, videos en youtube qua hablan de supuestos ruidos extraños que predecerían a un supuesto apocalípsis (que no son más que la contaminación acústica de un país que ha crecido bastante) y otras noticias que han pasado desapercibidas o muy mal analizadas dado el fanatismo que a ratos se apodera en la tribuna pública como el informe de avance de la reconstrucción, el informe de la OCDE sobre la educación en el mundo y más notable aún, el descubrimiento de varios exoplantetas gracias a los telescopios en el norte chileno. Es difícil resumir en cortas palabras una serie larga de hitos que constituyen quizás el periodo más intenso que haya vivido el país en su historia (algo que merece describirlo en una novela), pero si se puede resumir en ocho palabras y una coma qué queremos decir: entre la soledad, la bipolaridad y la esperanza. Entre esas tres cosas navegamos hacia adelante buscando respuestas, pensando qué hacer y cómo hacer para que un país llegue hacia adelante no sólo con acuerdos sino que también con una nueva generación de políticas, con una gobernanza más innovadora y realista y menos cortoplacista, con una sociedad menos hipócrita, menos odiosa, con menos personas solas, con menos personas con miedo, con jóvenes y adultos felices. Todos buscando -sin imaginarlo- su propio cabo de hornos.
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